"El secreto está en saber escuchar esas voces dormidas"
Lucas Palafox, 1987

jueves, 30 de enero de 2014

PALABRA DE VIEJO

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           Me gusta la claridad con la que los viejos escupen las palabras. El té caliente en taza, poco azúcar. Odio las uñas largas, y el roce de ellas con las sábanas limpias. Adoro que en invierno sea invierno; que el frío hiele, la lluvia inunde y el viento arrase. El olor a recién pintado sí, el de alpechín no. Ser libre. Dejar una letra pulsadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa y después seguir como si nada. Me encanta volar y detesto que no sea posible. Me irrita considerablemente ver a los transeúntes reír mientras miran su teléfono móvil. Conversar con alguien al que un moco le asoma inadvertido. A veces me gusta la soledad y a veces no me gusta la soledad. Me gusta escribir pero más me gusta la claridad con la que los viejos escupen las palabras. Son verdaderas y las amo.



Este relato aparece publicado en el nº1 de la revista literaria "Sopa de Ornitorrinco" impreso en Córdoba el día 11 de septiembre de 2014, aniversario del nacimiento de los escritores D.H. Lawrence (1885) y Manuel Mujica Láinez (1910). 

viernes, 24 de enero de 2014

MR. SANDMAN

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Sigo silencioso la caravana de dromedarios que se adentra en la tormenta. Desaparecen. Yo continúo hasta llegar a una de las esquinas que coronan la joroba de arena; me agacho y recogido en mis rodillas me lanzo. Ruedo. Abajo encuentro una piedra, creo que la única que existe, la hago chocar con la brújula pero no hallo fuego, tampoco dirección ahora, ya es algo. Me concentro en mi tarea y cierro los ojos, reconozco el silbido rojo de la vieja Jordania, así que agarro la camisa y me la enrollo en la cabeza, también en los ojos y en las orejas; la corbata la dejo atada a una farola. El viento araña. Camino. No sé cuánto tiempo mantengo el rumbo fijo en círculos y después corro hacia atrás con un trote por poco antiestético, ridículo. Es difícil en la arena por lo que tropiezo quince o veintisiete veces, hasta enfrentar la espalda con una enorme roca, infinitamente suave e infinitamente lisa. Paseo mi mano sobre ella y se hace polvo, la golpeo con mis nudillos y suenan a mármol. Está hueca. Intuyo grietas, son callejones, dentro esconden laberintos. Entro. Ya en su interior se alzan enormes arboledas de las que cuelgan frutos amarillos; no plátanos, más grandes, mucho más grandes. Pájaros de colas floridas, antílopes ignotos, rayados y cuellilargos, lagunas rosadas abrazan tremendos hormigueros. Catedrales. Prados púrpuras como lienzos, cascadas que ascienden, un señor con sombrero y dos mandriles macho jugando al mus. Para mi desgracia nada de esto he logrado ver con esta camisa liada en la cabeza así que me la quito, cierro el libro y me acuesto.


miércoles, 15 de enero de 2014

LA DICHOSA VIDA DE HENRY DICKENS, EL MÉDICO.

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    Henry Dickens es criador de gusanos; cierto que podría haber sido médico como su padre, pero no fue así y ahora es criador de gusanos; no obstante, todo sea dicho, la idea de imaginar esta vida alternativa se antoja bastante seductora.

    En primer lugar, si Henry hubiese sido médico no habría adquirido la vieja finca de las afueras de Lost-Village, por el contrario residiría en una elegante casa de jardines escrupulosamente perfilados, y seguramente, digo seguramente se habría casado con una joven belleza del momento, alfiler dorado de algún país del norte, finlandesa tal vez y a la cuál, con casi total probabilidad habría conocido en uno de los tantos seminarios a los que estos profesionales asisten con irrisoria regularidad, donde mucho se habla de viajes exóticos, de vinos con acento francés y joyas de Piaget; de banquetes de postín y mujeres de festín; y algunas veces de medicina. Entonces nada de soledad en un caserón, nada de conversaciones con retratos sin retrato, de preguntas sin respuesta, nada de extrañas aficiones, nada de gusanos. Desorden, ajetreo y bullicio eso sí, la verdadera rutina en la ciudad, la gigante gris, el gran decorado, eternas avenidas, restaurantes, boutiques, ilustres colegios de arquitectura, de medicina, de abogados, de todo; hospitales, edificios de vértigo repletos de personas. Colmenas. Allí si que es imposible sentirse solo. Si Henry hubiese sido médico no dudo que tendría multitud de visitas, seguro gente muy importante como un inspector, o un juez, o más aún, un político. También conocería cirujanos, abogados, periodistas, y profesores, y arquitectos y escritores. Pero Henry no es médico. Aún así, continuaré con el juego de esta suposición y obviando la realidad de que todo el mundo quiere tener un amigo médico, es muy probable que si Henry hubiese sido médico, alguno de todos estos amigos, en algún momento de las muchas visitas a las que estaría habituado se diese cuenta de su más que notable deteriorada figura, de su falta de apetito, de su piel amarillenta, como de reptil, o de sus ojos amoratados, no sé, de los sudores fríos quizás, qué sé yo. Si Henry hubiese sido médico al menos una de esas personas lo hubiera acompañado en sus últimos días, agarrado su mano cuando él tan solo tenía fuerzas para existir, rezándole al oído al final, al menos alguien, el cirujano o el periodista, o el político habría escuchado ese último deseo. Pero Henry…

    Bien, cierto es que Herny Dickens podría haber sido médico como su padre, pero no fue así y ahora yace en su cama, en una vieja finca a las afueras de Lost-Village, criando gusanos.


domingo, 12 de enero de 2014

MEMORIAS DE UN FALSO RESUCITADO

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23:56 p.m.

Soy un científico. Soy un científico afortunado. Soy un científico afortunado que, gracias a la casualidad o quizás a la causalidad, ha descubierto algo maravilloso; el cerebro inmediatamente después de morir el cuerpo, sueña, y paradójicamente es durante la muerte del encéfalo cuando ocurre este extraordinario prodigio, la falsa resurrección la llamo. Y es que las neuronas, como las estrellas que agotan su combustible, explotan, liberando igual que ellas cierta nebulosa, polvo eléctrico, un impulso que se expande dentro del cerebro como un guijarro ahogado en un estanque, una onda expansiva que no duda en despertar a todas aquellas que a su paso encuentre. Un latido, un latido prolongado. Un latido prolongado que regala vida al que ya la tenía perdida, al que se creía olvidado, al que estuvo muerto y ahora se imagina revelando ilusiones, aún con la tranquilidad de que seguirá siendo así, al menos, durante los sesenta segundos que dura este fenómeno. 


23:57 p.m.

jueves, 9 de enero de 2014

UN DIOS

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Creé los cielos y la tierra. También la luz. El día, la noche. El agua también fue producción mía y algún día la haré desaparecer para siempre porque yo soy el creador. Se hará la luz si así lo deseo, la tiniebla. Vivirán tantos como yo quiera y los que no me apetezca crear, jamás habrán existido. El hombre amará a la mujer si así lo ordeno y morirá instantes después si me parece, soy caprichoso, lo sé. Inverosímiles criaturas serán engendradas por raíces de esta tierra si lo creo oportuno mas, cuando vuelva a tener un buen día, las enterraré de nuevo para que duerman mil años más. Me aburro y creo, soy muy curioso y creo porque, además, tengo todo el poder en mis manos.
Por eso soy escritor.