"El secreto está en saber escuchar esas voces dormidas"
Lucas Palafox, 1987

domingo, 1 de junio de 2014

BALIRA

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Hacía demasiado tiempo ya que la escalera había caído en desuso. Las runas de sus primeros peldaños habían desaparecido y donde antes lucía la piedra escrita ahora el musgo reposaba plácido amordazando sus palabras. 

Una ciudad, una escalera. Una escalera, una ciudad. Balira. 

Antaño los hombres la adoraron, desde lejanas tierras acudían los mortales sólo para poder contemplarla, seducidos por las palabras de comerciantes y mercaderes que antes que ellos fueron cautivados por la magnanimidad de su firmeza. Dejaban presentes a sus pies, componían canciones en su nombre e inventaban leyendas sobre su creación. Todas fueron olvidadas, todas condenadas por la caducidad de sus profetas pues los más viejos habían muerto y los menos viejos eran demasiado menos viejos como para saber de ellas. Pero a pesar de todo, la escalera, seguía allí. 

En torno a ella una ciudad gris, enorme, monstruosa, una ciudad que se extendía hasta disiparse en el confuso vacío de sus bordes, un charco de metal sin orillas ni semillas que ignoraba en su centro a una espiga desterrada. La escalera de Balira era el primer y único vestigio dejado por los Dioses, obra maestra obra de un maestro. Erigida en roca ascendía en espiral franqueando cúmulos y nimbos retando a toda ley y a todo rey que intentase derribarla. Un Golem. Cada escalón mostraba la altura de diez hombres y en la amplitud de sus huesos se llegaron a construir mercados y hasta pequeñas ciudades; lisas sus paredes, rasos sus peldaños. Aquella escalera era invencible porque los Dioses así lo son y aunque los hombres olvidaron el origen de su existencia ella aún sabe que sigue siendo invencible, porque es hija de un Dios.

Al pie de aquel coloso los hombres. Ahogados en su mierda se empeñaban en destruir todo lo que se les había regalado. Con grandes pozos herían la tierra que sangraba, sabia negra acumulada en ciénagas por toda la planicie, minas como cráteres, chimeneas de ceniza y ni un solo árbol. Los hombres jugando a ser Dioses. La pulga imitando al león. El aire hecho polvo; las nubes, hollín y Balira una sombra. 

Aquel día al verme, 
      todos quedaron admirados, 
                      todos clamaban perdón, 
                            todos imploraban misericordia, 
                                   la misma que ellos habían sepultado. 

Jugaban a estar muertos; y ganaron.